En Sevilla el Polígono por antonomasia es el Polígono de San Pablo, como la Avenida es la que lleva el nombre de la Constitución. Gracias a una iniciativa de un grupo de artistas bajo el paraguas de la ONU, el Polígono ha salido en los informativos nacionales de televisión por algo positivo. Ya estábamos hartos de que Sevilla siempre apareciera en los telediarios por un crimen o por una estafa, por las facturas falsas o por la verdad amarga de un descuartizamiento, por los botellones que no cesan o por esas calores que rellenan los huecos que la política deja en agosto.
El Polígono, tan gris en sus hechuras geométricas y en la degradación inevitable que siempre va pareja con el paso del tiempo, se ha llenado de color.
La modernidad le ha llegado, como todo lo que sucede en esta ciudad, desde fuera. Ha tenido que ser un yanqui que se apellida Sarintitis el que lleve la pintura hasta ese barrio al que ya le cantaron en su día los Cantores de Híspalis. En la memoria se ha quedado ese estribillo que arrancaba con la palabra Polígono, tan esdrújula que sólo un tipo como Pascual González puede meterla a compás. Como a compás camina el misterio de las Tres Caídas de Triana, que de eso saben mucho los cantores hispalenses que se meten bajo unas trabajaderas de orfebrería fina. Esa cofradía trianera es la que guarda tantas túnicas de terciopelo morado o verde en los roperos del Polígono, de donde salen los nazarenos que cruzan la ciudad con destino a la calle Pureza en una vuelta a los orígenes de la emoción. Porque Sevilla es emoción o no es nada. Como decía el maestro Garmendia, a ver si nos vamos enterando…
Si Romero Murube situaba el punto clave de aquella Sevilla de los años cincuenta en la Puerta de la Carne, síntesis de lo nuevo y de lo antiguo, ¿dónde pondríamos hoy el Aleph que resuma todos los perfiles de la ciudad? ¿En ese Polígono que es, como dice el amigo Josele, el único barrio de Sevilla que tiene aeropuerto? De allí salió Gordillo para llegar a la gloria a través de una banda que era un costero izquierdo.
De allí sale la última cofradía que ha llegado a la Catedral después de cuatro siglos largos de carrera oficial. De allí salen cada Madrugada los tejidos que marcan los pulsos de la ciudad: el merino y el terciopelo, el ruán ceñido por el esparto, la tela basta de la ropa que ahora se llama costal.
Muy cerca de allí nació la Semana Santa en el templete que le prestó el nombre de La Cruz del Campo a la cerveza que sigue refrescando el alma cuando la pasión nos vence. El Polígono de San Pablo guarda, en la lata dorada de las cajas de carne de membrillo, las fotos de los corrales de vecinos donde nacieron quienes hoy envejecen a la sombra de sus torretas. Allí está depositada la memoria sentimental de la ciudad.
http://www.abcdesevilla.es/20101012/opinion-columnas/arte-poligono-201010112049.html
A quien afirme que eso no es Sevilla hay que perdonarlo, porque no sabe lo que dice.
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